martes, 23 de febrero de 2016

Los enemigos de la sociedad abierta

 
 Los enemigos de la sociedad abierta
por Alberto Farías Gramegna


“Para que el mal triunfe solo se necesita que los hombres bueno no hagan nada”- Edmund Burke

“La lucha entre la libertad y la autoridad es el rasgo más saliente de las épocas históricas”- John Stuart Mill

En “La sociedad abierta y sus enemigos”, Karl Popper analiza la relación de las ideologías totalitarias con las principales corrientes de pensamiento y sus promotores, examinados a la luz de sus ideas sobre el hombre, la libertad y la estructura de poder de la sociedad .

Las ideologías autoritarias e irracionales -que  apuntan a manipular, exterminar y conculcar el pensamiento y los cuerpos- no mueren, solo duermen para cobrar fuerzas y despertar ante cada crisis sociopolítica, y no son exclusividad de mentes pequeñas y afiebradas; como dijo Popper: resulta curioso y sorprendente  “que algunas de las celebridades más ilustres del pasado llevaron un permanente ataque contra la libertad y la razón”.
El siglo XX vio nacer y crecer a los dos sistemas ideológicos más atroces que ha conocido el mundo moderno: el nazismo con su siniestra y monstruosa idea de la “raza superior”, y el comunismo con la delirante búsqueda del “hombre nuevo”. 

Ambos sistemas masacraron planificadamente a millones de personas en nombre de sus “ideales” políticos (además de los 60 millones de muertos en la Segunda Guerra Mundial). Uno quería construir una sociedad mundial pangermánica libre de judíos, gitanos, homosexuales, desvalidos, negros y el resto de la humanidad no aria; los comunistas, por su parte, soñaban con una sociedad unificada, libre de burgueses y propietarios, donde todos pensaran de igual manera y trabajaran bajo la mirada del Partido, recibiendo cada cual según sus necesidades, y tomando de cada uno según sus capacidades. La realidad fue que se termino trabajando para el Estado totalitario, controlado por un grupo de ideólogos oligarcas homicidas, tal como sucedió en la URSS. Las similitudes totalitarias por debajo de los símbolos entre ésta última y la Alemania nazi, son muchas y profundas, como lo ha demostrado magistralmente Friedrich Hayek en su “Camino de servidumbre”.

Los fascismos de ayer, de hoy y de siempre

El recientemente fallecido Umberto Eco, quien irónicamente definió al humano como “el único ser que indefectiblemente necesita un enemigo”, en su conferencia “El fascismo eterno”, describe los 15 atributos del pensamiento fascista: 1) culto a las tradiciones y al pasado, 2) rechazo del modernismo progresista, 3) culto a la acción por la acción misma, 4) rechazo del pensamiento crítico y de la duda, 5) desprecio por el diálogo,  6) convocatoria a los sectores sociales frustrados o nostálgicos de épocas “de gloria” a refundar la Historia, 7) nacionalismo visceral y xenofobia, 8) obsesión por el complot y las conspiraciones,  9) envidia y miedo al otro diferente que es visto como “enemigo”, 10) desprecio por los “débiles” y moderados, 11) principio de lucha permanente, 12) construcción del mito del heroísmo militante, 13) desprecio al parlamentarismo , 14) culto de la personalidad y elogio de la figura del líder omnipotente, 15) estereotipos, uniformidad, símbolos, himnos, cánticos y léxicos de pertenencia. Todas estas peculiaridades se asientan en complejos procesos de percepción de masas que ha estudiado detalladamente la psicología social desde Kurt Lewin en adelante.

Hoy, en las ciudades de occidente, las creencias totalitarias y reaccionarias siguen seduciendo a los sectores más lúmpenes, convocando a personalidades marginales extraviadas, resentidos antisistema, sectas que mezclan terrorismo político y misticismo religioso, tribus urbanas que lindan con la delincuencia común. Todo un amasijo social marginal que emerge del malestar por las crisis cíclicas de la postmodernidad  y la globalidad del mercado. Enmascarado por derecha y por izquierda tras las mil caras de nuestros populismos contemporáneos, la ideología neo-fascista se nutre de aquel “malestar en la cultura”. Ignorar, minimizar o naturalizar esto es complicidad por omisión, como alerta Martin Niemöller  en su “Cuando los nazis vinieron…”, por lo que aplica el consejo de Berthold Brecht  “No aceptes lo habitual como cosa natural, porque en tiempo de desorden, de confusión organizada, de humanidad deshumanizada, nada debe parecer imposible de cambiar”.

La sociedad abierta

El pensamiento liberal clásico que nace en el siglo XVII ha sido el avance más formidable de la lucha de la Humanidad por sacudirse el yugo del totalitarismo, la ignorancia  y la sumisión a la religión opresiva y el corporativismo medieval. Las ideas liberales, dice Joaquín Abellan, lucharon “en contra del poder absoluto del Estado y de la autoridad excluyente de las iglesias y en contra de los privilegios político-sociales existentes, con el fin de que el individuo pudiera desarrollar sus capacidades personales, su libertad, en el ámbito  religioso, económico y político”.

Fueron mucho más que una doctrina socioeconómica, una concepción filosófica del hombre libre y sus derechos personalísimos. Adam Smith, David Ricardo, John Stuart Mills y otros, influidos por los fisiócratas franceses, retomaron lo mejor de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, desmarcándose claramente de la barbarie del Terror robespierano. Revulsivas para el conservadurismo, con las ideas liberales nacen los estados laicos y las “sociedades abiertas”, modernas y seculares que caracterizaron el progreso de Occidente, en contraposición a las “sociedades cerradas” que descreen de la institucionalidad republicana. Subsidiarias de ideas chauvinistas, corporativas y autoritarias, estas últimas suelen parir regímenes despóticos, surgidos paradójicamente de elecciones democráticas de mayorías contingentes, sin respeto por los derechos de las minorías y con pretensiones de hegemonía política atemporal.

Contrariamente, las sociedades abiertas y democráticas están edificadas sobre los grandes valores del liberalismo y se caracterizan por un equilibrio dinámico y creativo entre Estado y Mercado, jugando libremente dentro del Estado de Derecho de los tres poderes republicanos; alentando el progreso, la inclusión social, la diversidad y el pluralismo, la libertad de ideas y de expresión, la ciencia, la prensa libre, los derechos de las minorías, el diálogo, la propiedad privada con responsabilidad social, la seguridad, la razón y la alternancia política partidaria; al tiempo que siempre amenazadas por el necio oscurantismo doctrinal de sus cerriles enemigos.



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