miércoles, 5 de agosto de 2015

Una mente intolerante

Una mente intolerante


por Alberto Farías Gramegna



“Vivimos bajo un príncipe (…) cuya vista penetra a cualquier parte 
y a quien los impostores no engañan con su arte” -  Molière

En la mitología griega Narciso es un adolescente que, enamorado de sí mismo , no presta atención a las sugerentes reclamaciones de la ninfa Eco. Asomado al espejo de las aguas se fascina con su imagen reflejada y sufre el castigo de caer en ellas. Los dioses luego lo transformarán en una flor que lleva su nombre. “El narcisismo -dice el psiquiatra español Francisco Alonso Fernández en su libro “Psicología del terrorismo: la personalidad del terrorista y la patología de sus víctimas”- como dimensión de la personalidad consiste en un desmedido amor a la propia persona y un desinterés egoísta hacia las cosas y las personas ajenas a su entorno (…) El típico tirano o dictador puede definirse como un narcisista autoritario”. Egocéntrico y vanidoso, con gestos de banal e insulsa grandeza envuelta en un artificial prestigio, el narcisista busca el aplauso y la aprobación de los demás, a los que juzga como útiles o despreciables en función del grado de admiración que le dispensen. Una sobreestimación de sus virtudes o por lo contrario un complejo de inferioridad e inseguridad subyacen en diferentes presentaciones clínicas del narcisismo, sustrato de las personalidades paternalistas propias del populismo demagógico, autoritarias de los dictadores y totalitarias despóticas de los tiranos. La “dictadura” en la Roma Imperial era un formato de gobierno “ad hoc” y “pro tempore”, conferido por el Senado en tiempos de crisis graves -por lo general bélicas-  a un político que recibía el estatus de “dictador”  investido de una autoridad especial para dictar leyes y sanciones. Una “tiranía”, en cambio, para la Grecia antigüa era un régimen de poder absoluto, generalmente unipersonal y despótico que no tenía ninguna institución reguladora por encima. El tirano frecuentemente asalta el poder usando la violencia de un golpe de Estado,  a veces con el beneplácito o el apoyo franco de las masas revolucionarias. Así, el acceso al gobierno del tirano es por la fuerza, “de facto”, el del dictador, -tal la acepción clásica- , es por derecho (de iure).

Al líder autoritario no se le habla, se lo escucha

Uno y otro, sin embargo, refieren a un tipo de personalidad que más allá de sus matices tiene como característica nuclear la voluntad de dominio absoluto. La personalidad autoritaria -según la psicopatología- está centrada en el modo de relación sado-masoquista, tanto por el convencimiento de superioridad y la crueldad en las relaciones egoístas sostenidas en la voluntad de poder, (“narcisismo por sobrestimación”) , como en ocasiones por las inseguridades personales subyacentes que el sujeto trata de compensar con su egotismo (“narcisismo por compensación”). Tiranos, dictadores y populistas demagogos (patéticos aprendices de brujo) se nutren de sentimientos de poderío e impunidad que alimentan tendencias agresivas y resentimientos pre-existentes, favorecidos  por  la constatación de un mando político sin límites socio-culturales y jurídico-institucionales. En las célebres palabras de Lord Ferdinand Acton: “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”. La capacidad para cotejar su visión del mundo con la realidad  y con una  perspectiva u opinión diferente, se torna nula. Un clima de sumisión y silencio, rayano en el terror, se crea a su alrededor entre quienes le sirven de cerca, siempre en riesgo de ser señalados como díscolos o infieles a su pensamiento y voluntad cuasi divina, y caer en la desgracia del ostracismo y sus peligrosas consecuencias. Nadie se anima a contradecir al líder autoritario en sus directivas, frecuentemente arbitrarias y caprichosas, cuando no insensatas o delirantes, porque no se le habla, solo se lo escucha y se las cumplen. Los fascistas italianos tenían como lema “Creer, obedecer y combatir” porque “el Duce nunca se equivoca”. Hoy como ayer, seguimos viendo pléyades de fanáticos militantes del trillado y mítico “campo nacional y popular” que, autodefinidos como “libertarios”, “democráticos”, “progresistas”, etc., profesan obcecadamente y sin embargo alguno, una obediencia ciega, indigna y alienada como “soldados” de un líder de turno o de  alguna  sagrada “causa”, negra, roja, gris o de los ambiguos populismos multicolores. No es tanto una sólida convicción ideológica -de la que en rigor carecen la mayoría de ellos- lo que intoxica la racionalidad y la conciencia de la libre autodeterminación, sino la sumisión masoquista cuasi enfermiza a la voluntad sádica de una figura a la que se atribuye la omnipotencia de un Supremo Ideal, como señalaba Sigmund Freud en “Psicología de las masas y análisis del Yo”.

Un autoritarismo neuronal

Impactados por el fenómeno nazi-fascista y soviético-comunista, muchos psicólogos comenzaron a estudiar lo que Erich Fromm llamó la “personalidad autoritaria” y los temas concomitantes con ella: Alfred Adler (la voluntad de poder y sometimiento),  Gordon Allport (la personalidad prejuiciosa y la personalidad tolerante) y Theodor Adorno, que  pensaba a la personalidad autoritaria como la expresión de un “super-ego” muy estricto siempre amenazado por una parte propia reprimida, más débil, salvaje e incapaz de dominar los impulsos libertinos. Una tensión conflictiva inconsciente entre impulsos y censura de un Yo rígido, severo, prejuicioso, de creencias inexpugnables e ideales absolutos, que se expresa en una personalidad autoritaria de sesgos fanáticos y ademán impositivo. “El fanatismo de los tiranos - concluye el citado Alonso Fernández- sirve de base al autoritarismo. Por ello los tiranos o dictadores actúan en nombre de los ideales del Yo, de índole fascista, comunista-revolucionaria, puritana o teológica, salvo los líderes de las dictaduras militares puras, que carecen de una temática ideológica estricta”. El líder autoritario respira en una atmósfera de omnipotencia intransigente para con las ideas que discrepen con la propia, dividiendo el mundo entre “amigos” obsecuentes que lo aplauden con reflejo pavloviano y detestables “enemigos”, de un Estado que él encarna y considera de su propiedad ,como Luis XIV en la ironía subrepticia del verso de Molière. Desquicios al fin de una mente intolerante.


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