sábado, 27 de febrero de 2016

Crítica de la razón polemista

Sociedad, institución  y comunicación

Crítica de la razón polemista
(buscando el “huevo de la grieta”)
por Alberto Farías Gramegna

L
a polémica (del griego “polemos”: lucha; confrontación; combate dialéctico; discusión encendida con un punto de hostilidad) es una institución de la cultura nacional argentina. 
Y si acaso versa sobre una cuestión política suma la calidad de ser antinómica (nombres diferentes de la etiqueta que cuelga de las “camisetas”); antitética (basada en tesis adversas presuntamente ideológicas) y antagónica (miradas desde ángulos diametralmente opuestos).

Pero es posible que el atributo paradojal y menos explícito de la polémica vernácula, es que casi siempre resulta arbitraria (no guarda relación con juicios derivados de hechos reales constatables, evidentes y rigurosos, sino con prejuicios y creencias míticas fuertemente arraigadas en la cultura y el folklore de una sociedad, cuyo “carácter nacional” (si los sociólogos generosamente me permiten esta opinable noción) está atravesado por el escepticismo, la transgresión de las normativas legales y el facilismo discursivo, como magistralmente ilustraba aquel clásico de la televisión setentista :"Polémica en el bar".

El polemista”, (“combatiente, guerrero”), es alguien que persigue generar gresca y pelea verbal, basada en una presunta “grieta” axiológica (de valores) y verdades. El polemista, es un declamador impaciente que lejos de escuchar las razones del interlocutor, no espera su turno para contrarrestar lo que considera erróneo o mendaz.
A diferencia de la polémica, que busca “triunfar” sobre el otro con un argumento inapelable e imponer un “relato” amañado de la realidad, el diálogo (dia-logos) significa aproximarse a los sesgos relativos de la “verdad” objetiva,  a través de la palabra compartida”. Lo “dialógico”, contempla y propicia el “debate” antes que la agonística propia de lo “polémica”. El debate -cuando es racional y basado en evidencias- enriquece, la polémica, suele ser estéril y empobrecedora. Así la esencia de lo dialógico es “problemática”, es decir aborda de manera “pluránime” (permítaseme el neologismo)  un determinado problema social, mientras que lo polémico refuerza lo “dilemático” (del orden de lo maniqueo) sólo concibe la unanimidad como verdad “per se”.

La sociedad de la polémica

El ejercicio racional del dialogo presupone poner sobre la mesa “el problema” objetivo, describirlo sin prejuicios “ideologistas” (distorsión de lo ideológico), examinar sus características en el contexto actual, investigar su historia y las condiciones de producción en las que surge la “cosa problemática”.
Desde luego, las opiniones no están libres de pasión e interés, pero los actores pactan sujetarse a reglas más o menos objetivas. A partir de aquí los interlocutores (lo dialogantes) con la información objetiva que disponen deberán transformarla en “datos” compartidos (no polémicos), es decir que deberán consensuar un “diagnóstico mínimo” que les permitan -luego durante el dialogo- apartar “la paja del trigo”, lo objetivo de las opiniones, -que por su misma naturaleza- está cargada, reiteramos, de subjetividad, deseo e ideología. También negociar intereses personales.

Pero, nada de esto hace la sociedad de la polémica, que con frecuencia se expresa con liviandad en los “mass media” en general y en particular los protagonistas de la política mediática (gremialistas, periodistas, deportistas, políticos, animadores y trabajadores sociales, fomentistas, vecinalistas, actores, ciudadanos de la calle, etc.). En los última “década relatada”, se ha reemplazo los hechos por un mundo inexistente. Se discute con formato de polémica sobre cosas que con frecuencia son imaginarias. Hijas del deseo o de la desmesura y el extravío de fundamentalismos ideológicos rayanos en la negación absoluta del sentido común y el criterio razonable del hombre normal. 

El populismo como relato trágico, mítico y heroico de una sociedad dilemática se apoya en esta lógica de las entidades que suponen identidades inmutables a partir de un escenario de razón nominalista: “enemigo”; “gorila”; “oligarquía”; “pueblo”; “anti-pueblo”,“hambreador”; “represor”; “neoliberal”; “liberación”; “popular”; “imperialismo”, y otras etiquetas que instalan un escenario seudoideológico  de imágenes por sobre los símbolos del lenguaje: las palabras son fantasmas que significan -como quería Humpty Dumpty- lo que el interlocutor quiera que signifiquen para que encajen con su representación del mundo en el que cree, como el religioso cree en su Dios.

La esencia de la “razón polemista”

La razón polemista sigue un derrotero lógico preciso: se inicia por la mera confrontación de opiniones (la opinión es siempre sesgada porque es “interesada”) sin un acuerdo marco de inicio.
La polémica -lo hemos dicho- es hija dilecta del dilema, porque opone de arranque  juicios de valor no racionales (es decir pre-juicios) como punto de protagonismo y no como componente anexo. No se busca compartir una descripción consensuada porque se teme que ésta afecte la posición ideológica que se pretende imponer como verdadera.

La razón polemista -una vez más-  implica el objetivo de triunfar sobre el otro argumento, y no de intercambiarlos para llegar a una posición tercera que resulte de la transformación de los contenidos de lo uno y de lo otro. No interesa al polemista exponer dudas sobre su posición, sino presentarlo como verdadero, íntegro, total y no perfectible. Está en juego su identidad, y por eso el polemista defiende un sentimiento producto de una creencia íntima que lo define, y/o de un interés pragmático que necesariamente desconsidera a los intereses o deseos del otro. Es en suma la prevalencia del maquiavélico apotegma que reza: “el fin justifica los medios”. El extremo de esta lógica confrontativa irracional es la actitud encarnada por Pirro de Epiro, aquel rey y general griego que logró ganar la batalla contra los romanos al costo del exterminio casi total de su propio ejército. "Con otra victoria como ésta, estaré perdido", habría exclamado al final de la lucha. Aquí la relación costo-beneficio aparece muy alejada al sentido común y la razón de medianía. La cultura nacional tiende históricamente a la confrontación pírrica. En estos tiempos vemos a los gobernantes acercarse más a la filosofía del general griego que al discurso socrático mesurado, inquisidor y reflexivo.

Somos como somos…

La historia política argentina, plagada de autoritarismos y convicciones dogmáticas excluyentes, todo lo ha dividido en una constante práctica de diferenciación de supuestas “esencias” antagónicas. Se podría reducir el basamento de esa cultura promedio a la cosmovisión edificada sobre un mundo dicotómico de antagonismos, antinomias y antónimos. Es pues una cultura que adora el sectarismo gregario de lo confrontativo y la especulación de lo oculto. Ante cualquier propuesta en nuestra vida cotidiana, se suele acudir al pensamiento desconfiado: “¿Quién está detrás de esto?”.

Hay una doble lectura de cada hecho hasta inventar un mundo inexistente en el que el otro diferente luce como un ser conspirativo. Impera una fascinación por la cultura del club y la bandería; por el credo amigo-enemigo. Empezando por las polémicas en el fútbol, para continuar por la política, el sexo, la moda, los autos, todo es discordante y hasta la ciencia muda en seudociencia de partido. La dramática incapacidad de dirigentes y dirigidos, de intelectuales y vecinos de a pie, para sintetizar diferencias y trabajar colaborativamente en equipo, prescindiendo de la adolescente conducta ideologista de formar clanes que desautorizan al otro, ha envilecido la autonomía crítica del hombre medio. Negándose a sí mismo como ciudadano sujeto de conciencia, convertido en objeto de deseo de manipulación ajena, aquel hombre de paisano insiste en actuar como borrego de camiseta o polemista vocinglero en nombre del icono o del dogma de turno.

Hoy, sin embargo, luego de más de 80 años de predomino nacional-populista, se ofrece a la sociedad una nueva oportunidad para que el conjunto del país apunte a un desarrollo sociocultural, político e institucional profundo y diferente, asentado en una cultura republicana. Sin duda, será un enorme desafío a la inteligencia social de dirigentes y dirigidos para restaurar la capacidad racional de corregir y superara el “como somos” -al decir poético de Eladia Blázquez-  y producir un cambio de paradigma político-cultural y social de criterios  para la saludable convivencia. En fin, un reto a la voluntad de diálogo, abandonando así la insalubre práctica de seguir siendo la perpetua sociedad de la neurótica y destructiva polémica que alimenta una y otra vez el “huevo de la grieta”, tan nefasta
-aunque menos atroz- como aquella serpiente del odio, sostenida en otro delirio ideológico-social.



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