viernes, 21 de agosto de 2015

La unanimidad sospechosa

La unanimidad sospechosa
por Alberto Farías Gramegna

“Que la boca mentirosa incurre en tan torpe mengua, que solamente en su lengua es la verdad sospechosa”
- Juan Ruiz de Alarcón: La verdad sospechosa

Eppur si muove” - Galileo Galilei

Unanimidad quiere decir “coincidencia de ánimo”, concurrencia unívoca de voluntades y convicciones, encuentros de conveniencias y/o concordancias de creencias. Por fin la unanimidad podría emerger de una sobredeterminación ajena o externa a los sujetos, devenidos en objetos animados por circunstancias sin opción. Aunque en este último caso la unanimidad pasa a ser un efecto obligado por el sentido común: por ejemplo, si hay fuego en la sala de un cine, todos unánimemente  -salvo el suicida- querrán salir del lugar.

Por lo dicho, una actitud unánime puede darse en circunstancias extremas, por dogmatismo sectario, en ocasiones especiales o por temas de tal fuerza emocional o racional, que todos los implicados al momento coinciden. Sin embargo  -y por la simple razón de la diversidad y el pluralismo de personalidades, historias personales, creencias, intereses, ideologías y opiniones “a la violeta”, lo normal es -si se me permite el término- la “pluranimidad” y lo raro la “unanimidad”.
En todo caso las ocasiones unánimes son contingentes y limitadas temporalmente. Duran lo que la situación de la que emergen.

El pensamiento clonado

Si hay una obsesión que define más claramente al autoritarismo y especialmente al totalitarismo, es la constante búsqueda final de la unanimidad del discurso social: el reinado del “pensamiento único”, moldeado por acción propagandística de la mentira sistemática y por omisión de una parte de la realidad, a la manera de un objeto de producción en serie. Pero se sabe que “en boca de mentiroso…”.
Por lo contrario si hay una esencia que caracteriza a las sociedades libres, abiertas y democráticas es la diversidad de ánimos y la multiplicidad de opiniones, algunas semejantes, otras muy diferentes. Opinar es comunicar intuiciones sin obligación de ser rigurosos, exponer impresiones informales y miradas existenciales sobre el mundo. Ni siquiera en los límites y alcances del sistema que las contiene a todas, los actores concurren con unanimidad de criterio.
Esa curiosa y elástica característica es precisamente la que hace a los sistemas vivos, en cambio y renovación permanente. También es la que permite el crecimiento de la inteligencia social y la creatividad productiva sostenida en la libertad de los actores y no en el temor a la coacción sistema. Es decir la “no-unanimidad” es motivadora en sí misma. Pero eso no significa en absoluto una apología del constante desencuentro como forma de convivencia. Porque la no unanimidad de partida o presupuesta, no implica que no se coincida en determinadas reglas básicas estratégicas que evitan caer en los dilemas paralizantes y por lo tanto son esas normas culturales y reglas institucionales las que coadyuvan para mudar las pluranimidades existentes en consensos tácticos que permiten construir soluciones estratégicas de interés común.

La unanimidad sospechosa

Y bien, si aceptamos que todo discurso unánime “total” (valga este aparente pleonasmo que en verdad no lo es) es decir que implique la totalidad del “universo” considerado, tiene por fuerza una vida fugaz, solo la coacción del poder arbitrario o la mentira sistemática de la propaganda gubernamental, pueden pretender clonar los pensamientos y alinear (y así alienando) las ideas en una sola que las pretenda subsumir y conculcar.
Los grupos llamados “primarios” (como la familia endogámicas o las sectas, cuyos individuos está ligados por fuertes lazos emocionales directos y/o por identificaciones indiscriminadas) manifiestan una tendencia “natural” a crear y alentar climas psicológicos de pensamiento clonal, sostenidos en estados anímicos especulares (en espejo).
Estos grupos tienden a alienarse al ser “uno-en-el-otro”, es decir a con-fundirse en la imagen del par. Así el imaginario (palabra que deriva de imagen) totalizante es la búsqueda del ideal de la unanimidad.
Los ideologismos dogmáticos, los fundamentalismos extremos -como en su triste momento de popularidad paradigmática fueron el nazismo, el fascismo y el comunismo- impulsan el pensamiento único oficial y castigan (a veces hasta con la muerte) los desvíos de las ideas “equivocadas”  o “políticamente incorrectas” Similar actitud de desagrado e intolerancia frente al pluralismo de creencias y opiniones , aunque con efectos menos dramáticos, encontramos en los regímenes populistas, bonapartistas, cesaristas y otras ramas multicolores del mismo árbol perverso donde florecen los relatos demagógicos y las propuestas fantasiosas de un “hombre monologal” , autómata , bajo la mirada cruel de un Gran Hermano que promueve el fanatismo.
En el pasado, la Iglesia Católica medieval -y ahora mismo igualmente los desvíos autoritarios y atroces del fundamentalismo religioso en algunos Estados confesionales-  no toleraba un discurso doctrinal diferente, al que se lo consideraba herético. Pensemos en el juicio a Galileo, que para salvar su vida amenazada por la Santa Inquisición, lo obligó a abjurar públicamente de su visión heliocéntrica del sistema planetario. Otra vez el imaginario omnipotente de la unanimidad a palos, y sin embargo la Tierra, rebelde  y  desafiante, siguió moviéndose en contra del pensamiento dominante de la época. Es que la pretensión de una unánime verdad oficial  -tal como decía Alarcón- siempre será sospechosa.





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