Por AFG
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Inicia un
nuevo año. Exactamente cuando den las doce campanadas intentaré comer a su
compás cada una de las uvas escuchando la “Canción del Adiós” y emocionado me
pensaré viajero trascendente, y una turbada lágrima sincera sola inundará mis
ojos, y agridulce en la lengua dirá que soy humano.
El año que viene a la misma hora diré que espero una mejor vida, que las cosas encuentren caminos ideales. Y pensaré en mis hijos, en mi mujer, en el recuerdo de mis padres y mis hermanas y en el dolor del cuerpo al levantarme.
El año que viene a la misma hora diré que el que pasó fue un año
complicado. Y pensaré en la inseguridad de los caminos, en los crímenes
absurdos, en los hombres inmorales, en los estudiantes que no estudian, en los
buenos que se esfuerzan, en los soñadores, en los justos.
El año que viene a la misma hora diré que no cumplí con mis
promesas prometidas. Y pensaré en los cursos que no hice, en los amigos que no
frecuenté, en los miedos que ganaron, en la lucha que me debo, en la gente que
me sigue, en los logros que alcancé sin felonía.
El año que viene a la misma hora diré que aún tengo proyectos en
carpeta. Y pensaré en todos los destinos que me esperan, en los libros que no
abrí, en las propuestas que me impulsan, en la fiesta de la vida.
El año que viene a la misma hora diré que las Fiestas me
incomodan. Y pensaré que reunirse por rutina es vaciar las emociones
verdaderas, y que los regalos sin embargo son bonitos, que me fastidian los
petardos y que me lastima la locura de aquellos que se matan justo antes de ver
la luz recién nacida.
El año que viene a la misma hora creeré ingenuo en la magia del
discurso. Y pensaré que todos juntos podremos derrotar la pesadilla, y crecer
comunitarios, y dejar de engañarnos con palabras, y pasar a ser dueños del color
de la sonrisa.
El año que viene a la misma hora diré que soy el que soy y me
contengo. Y pensaré que puedo dominar mis pensamientos, y que controlo mis días
y mi suerte, y que soy capaz de doblegar a los malvados y desestimar a los
mediocres.
El año que viene a la misma hora beberé y comeré lo que no
puedo. Y pensaré que total por una vez, y me sumaré a los rituales, y recordaré
las mesas de la infancia, y a los que ya no pueden sentarse con nosotros. Y una
fuerza oprimirá mi corazón, como cada año desde siempre.
El año que viene a la misma hora exclamaré “¡Feliz Año!”, y
besaré a quien esté a mi lado, y chocaré mi copa, y abrazando a los que quiero
pensaré que el tiempo es fugaz y que al final no valió la pena pelearse por
pavadas, y olvidaré las distancias que separan.
El año que viene a la misma hora diré que lo importante es el
amor y las sencillas cosas que no vemos. Y pensaré con el poeta que lo esencial
es invisible a los ojos, y que hay que reírse más, y comer sano, y no fumar que
mata, y no llevar el trabajo a nuestra casa y de cuando en cuando mandar al
jefe a donde cuadre.
El año que viene a la misma hora seré un poco más viejo de
almanaque y un poco más joven de prejuicio. Y pensaré que aprendiendo a vivir
se va la vida, y qué suerte que he tenido a pesar de mis errores, y miraré
alrededor sin tener porqué quejarme, y sin perder empero la costumbre. El año
que viene a la misma hora pensaré que algo se termina y que algo está
empezando. Imaginaré que el tiempo existe y viajaré hacia atrás y hacia
delante. Resistiré al cansancio y mentiré sobre el sueño que no tengo. No sabré
si irme o si quedarme. Si negar mi condición de carenciado o reafirmar mi
derecho a que me miren. Repetiré lo mismo que reitera mi calidad de ser humano.
El año que viene a la misma hora quizás escriba lo que escribo ahora, el año
que viene…en la mera esperanza de estar vivo.
(*) El original de esta nota fue escrita en la ciudad de Madrid en diciembre de 2012 y en los años siguientes tuvo diferentes versiones. Esta es una de ellas.
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