sábado, 1 de agosto de 2026

L a personalidad dogmática y el pensamiento totalizante

 

La personalidad dogmática y el pensamiento totalizante

(sociedad, sujeto y comportamiento)

 

AUTOR: Alberto Farías Gramegna

alberto.farias@um.es

alfariasconsultor@gmail.com

Universidad de Mar del Plata - Argentina

Sumario:

¿Surge el pensamiento dogmático de una personalidad determinada, o es la personalidad la que lo «adopta» porque cumple una función en la forma en que el individuo interactúa con el mundo? No debemos buscar aquí la disyuntiva típica de las dicotomías; más bien, parece más apropiada una conjunción. La personalidad no es algo dado desde el inicio mismo de la vida; como se ha señalado, es una construcción lenta y dialéctica en la que intervienen la biología, el entorno y la cultura. Por tanto, son las «formas» y los «modos» —fuertemente influidos por la emocionalidad (un factor al que, en mi opinión, aún no se le otorga la importancia que merece)— los que consolidan las «creencias» que posteriormente se expresarán de manera dogmática.

Palabras claves: personalidad - dogma - pensamiento -creencia -totalizante

Summary

Does dogmatic thinking arise within a particular personality, or does the personality “adopt” it because it serves a function in how the individual interacts with the world? We should not look here for the disjunction typical of dichotomies; rather, a conjunction seems more appropriate. Personality is not something given at the very start of life; as has been noted, it is a slow, dialectical construction involving biology, environment, and culture. Therefore, it is the “forms” and “modes”—strongly influenced by emotionality (a factor that, in my opinion, is not yet accorded the importance it deserves)—that consolidate the “beliefs” which will subsequently be expressed in a dogmatic manner.

Keywords: personality - dogma - thought - belief - totalizing

 

“Timeo hominem unius libri” - (Temo al hombre de un solo libro, Tomás de Aquino)

“La verdad es lo que es y sigue siendo verdad, aunque se piense al revés” - Antonio Machado

 

Siempre he creído en la importancia ética de la advertencia: “Se empieza cediendo en las palabras y se termina cediendo en los hechos”. Por eso siguiendo mi “naturaleza” analítica voy a definir brevemente los términos que titulan este artículo.

La personalidad es un concepto complejo siempre mal usado por el habla cotidiana y sobre el que ni siquiera los especialistas se han puesto aún totalmente de acuerdo. Se podría esquematizar intuitiva y vulgarmente diciendo que “es la descripción más o menos objetiva que hace alguien sobre la manera (medios y fines) en que la otra persona se comunica en cuerpo y mente, consciente o no y en tiempo real, con su entorno inmediato”. Claro que aquí para descartar el factor subjetivo del observador ocasional debemos referirnos a una descripción “tipo”, es decir cuando muchas personas coinciden sobre las características de otra. Esto a veces se expresa en los dichos populares: “Fulano es muy divertido”, “Mengano es un tipo demandante”, etc. Son resúmenes de uno o más rasgos pregnantes de la personalidad de cada quien.

Ese perfil observado “desde afuera” es producto de una lenta y dialéctica construcción evolutiva, cuyos materiales provienen de un triple origen: la biología heredo-congénita, lo socio-familiar y lo cultural-antropológico. La primera aporta los genes (lo individual temperamental), la segunda la modalidad de adaptación (las creencias y los valores) y la tercera las formas gregario-comunitarias (la tipicidad caracterológica del grupo). De esta mezcla resultarán tendencias de acción en el vínculo con los otros y con las cosas, y su dinámica se entenderá en contraste con la situación en la que se despliega.

Por su parte el concepto de “dogmático” es más sencillo de explicar: proviene de la creencia en que todo se explica desde un solo lugar de interpretación: el dogma. Este es la manera general discursiva de intentar acomodar la realidad a mi idea sobre esa realidad: la “realidad subjetivada” (percibida) y que se expresa luego de sufrir un proceso de interpretación por el tamiz del dogma, en “realidad subjetiva”, es decir dogmática.

Pienso, luego soy

La célebre expresión cartesiana “ego cogito ergo sun” (pienso, luego soy) tenía por objeto romper la lógica medieval donde imperaba la certeza del poder de la tradición. Y esto en el marco histórico del advenimiento de la razón de la mano de la pujante burguesía, necesaria impulsora de la racionalidad progresista, Descartes proponía una idea revulsiva: de todo era posible dudar, menos del propio pensamiento que dudaba. Lo real, lo seguro era ahora el sujeto pensante y racional por oposición al paradigma de la sociedad medieval, expresión del orden feudal vinculado a la tierra y al dogma religioso, donde no se concebía al individuo como tal, hombre libre para pensar y pensarse a sí mismo como centro del Universo.

La mirada relativista de Descartes abrió las puertas al pensamiento moderno, aunque el mismo no pudo trascender a su fe, ya que no cuestionaba la existencia de la voluntad divina, de la que en todo caso provenía su capacidad de dudar y pensarse a sí mismo.

 A su manera retomaba difusa e implícitamente el mito original del libre albedrío humano sujeto a la mirada trascendente del Creador. Pero no era entonces una señal para reafirmar el dogma del poder religioso terrenal, sino para reemplazarlo por un método que abrió el camino para la lógica racional moderna, lógica con las que suelen entrar en colisión las personalidades dogmáticas.

El huevo y la gallina

¿El pensamiento dogmático surge en una determinada personalidad o esta “lo adopta” porque le es funcional a su manera de interactuar con el mundo? No debemos aquí buscar la disyunción propia de las dicotomías. Más bien es la conjunción la que parece adecuada. La personalidad no está dada desde el inicio de la vida. Es una lenta construcción dialéctica entre biología, ambiente y cultura, como se ha dicho. Por lo tanto, serán las “formas” y los “modos”, fuertemente influidos por la emocionalidad (factor a que -en mi opinión- no se le presta aún la importancia que tiene), las que consolidan las “creencias” que luego habrán de expresarse dogmáticamente.

El discurso dogmático elaborado (ideologías religiosas, políticas, sociales, místicas, etc.) es una etapa posterior, en la que el sujeto adecua funcionalmente su personalidad a un “justificativo” existencial: “soy, pienso y actúo así, porque profeso la fe en tal o cual doctrina que me conforta certificando la verdad en la que creo sin necesidad de verificación alguna”.

Las personalidades dogmáticas tienen poca o ninguna capacidad para adaptarse plásticamente a los cambios: son “reaccionarias” por naturaleza, prejuiciosas y rígidas en sus asertos.

A la manera del mítico Procusto pretenden recortar los comportamientos para hacerlos entrar en sus lechos doctrinales. A la larga el dogmático suele ser susceptible a la tentación de sumarse a colectivos imaginarios que predican fundamentos irreductibles de sesgo mesiánico sobre “cómo deben ser las cosas”, más allá de los deseos y las necesidades humanas. Es una pelea necia contra la espontaneidad natural del hombre, al que ve como “imperfecto” y busca la manera de recrearlo como un “hombre nuevo”. Así, luego ceden a propuestas insensatas, en nombre de supuestos ideales altruistas que ocultan convenientemente sus propias inseguridades psicológicas y necesidades compulsivas de control. Fruto de insomnios fantasmales mudados al amanecer en desmesuradas vigilias autoritarias, aquellas propuestas, -como la Historia lo confirma- suelen terminar en siniestras noches de lamentables pesadillas sociales. Una y otra vez…y otra más.

El pensamiento “totalizante”

A partir de las ideas de George H.Mead, Herbert Blumer, Erwin Goffman y sucesores como Ellsworth Faris y Mandford Kuhn , entre otros, fueron los desarrolladores históricos de lo que en Psicología Social se conoce como “Interaccionismo Simbólico”, que en su núcleo conceptual duro afirma que las personas no responden mecánicamente al estímulo, sino a la interpretación simbólica que se hace de ese estímulo objetivo: así el reto de un tutor podría ser tomado por un alumno como una falta de consideración y por otro como un gesto de interés por su educación. Con diversos aportes no siempre coincidentes, estos investigadores convinieron en la importancia de los roles sociales, la subjetividad interpretativa de la realidad y el condicionamiento social de la conducta humana desplegada en los escenarios cotidianos.

Kuhn, por su parte, enfatizo la idea de que la personalidad es simplemente la combinación de todos los papeles interiorizados por el individuo durante el curso de la socialización. (Hay que agregar hoy la importancia de los factores bio-heredables que interactuarán con el medio ambiente)

Entonces la interacción está en función tanto del individuo como de la situación, la que se interpretará singularmente con arreglo a lo que este autor llama el “sí mismo” de cada uno.

En los últimos diez años de trabajo en el ámbito de las organizaciones y los RRHH, influido por estas ideas, he sostenido la importancia de tener en cuenta la transacción entre las necesidades de la persona y los requerimientos del personaje socio laboral, articulados por el estilo de personalidad y condicionada por la situación contingente. También que las representaciones que tenemos de las cosas y los procesos se asientan sobre creencias, pacientemente construidas a lo largo de la socialización individual.

Un mundo sin ventanas

En ese mismo dialéctico transcurso de socialización, las personas penamos y disfrutamos construyendo nuestra identidad a partir de aceptar y oponernos a la percepción y el discurso del otro. Una condición para lograr un equilibrio saludable en la percepción y el juicio sobre la realidad es la aceptación de un fenómeno psicológico clave en el proceso del razonamiento por sobre la emoción: la duda. La duda (cuando es moderada y no el emergente obsesivo de una neurosis) nos aleja del comportamiento egocéntrico (centrado en sí mismo) y paranoide (persecutorio de seudo amenazas imaginarias).

Por el contrario, las ideologías fundamentalistas suelen alentar estos últimos comportamientos impactando en personalidades de sujetos predispuestos a buscar su identidad en certezas omnipresentes. Estas personas no soportan la duda y la ansiedad de la incertidumbre al que todo juicio humano de valor está sujeto. La representación de relatividad de las ideas y la presunta evidencia de que las verdades se co-instituyen a partir de la mirada valorativa del que intenta establecerlas, resulta intolerable para el creyente de un discurso total y único.

Si la “realidad” no es sinónimo de verdad única -lo que no implica la pretensión idealista de negar la objetividad del hecho material como tal, sino su interpretación unívoca, como señala Machado-  entonces se sigue que no hay relato que legitime un discurso “más verdadero y universal que otro”.

Sin embargo, existe un tipo de pensamiento que genera un discurso que propongo llamar “totalizante” o “totalizador”.

Goffman, precisamente trabajó con el concepto de “Institución Total” (IT), definiéndolo como aquellos lugares (reales o virtuales) en los que un sujeto “internado” permanentemente realizaba todas sus tareas vitales sin salir de ellas nunca, padeciendo así una distorsión del espacio-tiempo por efecto de la continuidad perceptual sin variantes ni diversidad de escenarios. Se ha demostrado que las IT fuerzan la alienación del sujeto internado.

Creo, luego afirmo, después actúo.

Al sujeto que sostiene un discurso producto de un pensar totalizante no le agrada la diversidad, lo inquietan las diferencias y por eso siempre tiende a pensar uniformidades. Desearía unanimidad total (y totalitaria) de sus creencias. El “totalizador” es ante todo un discurso ideológico en sentido estricto, de núcleo duro, que no admite las dispersiones y pretende abarcar todos los aspectos de la vida. Está “internado” en su propio relato.

Por eso nada escapa a su crítica y control. La vida privada -último refugio que resiste la persecución doctrinal de los totalitarismos-  se transforma en una amenaza para el pensamiento totalizador. Creer (sin dudar en el dogma), Obedecer (a quienes encarnan la palabra del dogma) y Combatir (a los descarriados que al pensar diferente se convierten en enemigos): Este ha sido históricamente el tríptico doctrinal de los fascismos (una manera de pensar al sujeto como objeto fusionado corporativamente a la sociedad y ésta diluida en el Estado) de cualquier signo ideológico. Dos películas extraordinarias entre tantos ejemplos del cine histórico, nos lo muestra con claridad didáctica: “La vida de los otros” (el escenario de la ex-Alemania comunista) y “Los chicos swing” (los primeros años de la Alemania nazi).

Al ser total, este tipo de pensamiento lo contamina todo: el amor, la política, las compras, la amistad, la tecnología, la familia, etc. todo será atravesado por lo que es “políticamente correcto” asimilado al dogma totalizador. El mundo de las ideologías es para esta lógica el único posible, nada escapa a estas y la propia, claro está, es la “correcta”. En otras oportunidades hemos dicho que el “ideologismo” es la creencia que no hay nada fuera de la ideología. No es difícil demostrar en la vida cotidiana la debilidad de este aserto.

Sin embargo, al pensamiento totalizante no se le ocurre como las cosas podrían ser de otra manera. Quizá el pez no imagine (si tal cosa pudiera hacer) que existe un mundo más allá del agua, salvo cuando es pescado, pero en ese caso -parafraseando libremente el final del célebre poema “Y por mi vinieron…” de Martín Niemöller- ya resultaría demasiado tarde para poder disfrutarlo.

© by AFG

 

Referencias bibliográficas

Blumer, H (1982) “El interaccionismo simbólico” Hora S.A. Barcelona

Descartes, R (2019) “Meditaciones Metafísicas”, Alba, Madrid

Farías Gramegna, (2023) “La tribu y yo” R&S Edic. Mula

Goffman, E (2001) “Internados”, Amorrortu, Buenos Aires

Kuhn, M (1954); McPartland, T S “An Empirical Investigation of Sel-Attitudes” ASR

Mead, GH (1972) Espíritu, persona y sociedad, Paidós, Buenos Aires.

 

 

 

miércoles, 6 de mayo de 2026

LA MUJER DE LA VEREDA (DEL LIBRO "RELATOS DE FAMILIA")

 La mujer de la vereda (*)

(Una esquina muy especial)

por Alberto Farías Gramegna 

Doblé en la esquina, justo llegando a la Avenida. Distraído por mis pensamientos pesimistas respecto a la posibilidad de ser llamado por la empresa en donde días atrás había dejado mi currículo laboral. Mi edad seguramente jugaba en contra de esa posibilidad. No les importaría mi experiencia -pensaba- porque buscarían gente joven para entrenarlos en la línea de su estilo e intereses corporativos. He trabajado durante cuarenta años en la instalación de redes eléctricas y motores para sistemas de calefacción y refrigeración. La empresa en donde trabajé en los últimos quince años cerró por quiebra. Mis pensamientos obsesivos me atosigaban.

Caminé varios metros mirando el piso, como un autómata abstraído por mis preocupaciones, casi sin darme cuenta de nada de lo acontecía a mi alrededor. Al llegar a la esquina levanté la cabeza y ahí estaba ella, la mujer de la vereda. La conocía desde que semanas atrás cambié mi recorrido cuando me transformé en un desocupado.

 La mujer se instalaba en la vereda junto a una pequeña mesita, sobre la que instalaba los productos que vendía: encendedores, pañuelos descartables, lapiceras, pastillas, lentes de sol, gorras y otras cosas que ahora no recuerdo.

Su puesto estaba a pocos metros del semáforo, por lo que su actividad incluía ofrecer los productos a los conductores momentáneamente detenidos por la luz roja. Era imposible no empatizar con su simpatía y energía positiva al momento de ofrecer sus productos, siempre sonriente y entonando una melodía al compás de la música que escuchaba desde una pequeña radio portátil a pilas, que llevaba colgada de su cuello. Saluda a todos lo que pasaban a su lado. Traté de imaginar su edad. Tal vez cincuenta o un poco más… ¿Cuál sería su historia familiar?¿Viviría sola...? Su energía positiva y “buena onda” chocaba con mis pensamientos cuasi depresivos.

Si ella era capaz de tanta determinación positiva en un contexto social y material difícil y exiguo, no era justificable entonces -pensé- que me quejara por la incertidumbre que afectaba mis expectativas de trabajo. Su voluntad y actitud ante la vida me daba un ejemplo de cómo enfrentar los momentos críticos de la vida. Seguí caminando y recordé entonces los versos  de Almafuerte…”No te des por vencido ni aún vencido, no te sientas esclavo ni aún esclavo y has como el enmohecido clavo que aún viejo y ruin vuelve a ser clavo”. Entonces, casi sin proponérmelo, me detuve y regresé hasta donde estaba ella. Cuando me vio me recibió sonriendo como siempre. Me acerqué y señalando a la mesita dije “Hola, vengo a comprarte algo…”  

¿”Qué necesitas...?” -dijo enseguida. 

“Un encendedor y unos pañuelos” -dije mientras sacaba la billetera del bolsillo.

Siempre pensé en dejar de fumar, pero ese no era precisamente el momento de hacerlo. Me despidió con un “Muchas gracias” y con la sonrisa de siempre.

Los pañuelos fueron necesarios para secar mis lágrimas, pero de eso ella no se enteró porque ya me había ido de esa esquina tan especial.


(*) Este relato integra el libro “Relatos de familia” de próxima edición en España.

© by AFG 2026.

                                         
                  *  *  * 


miércoles, 31 de diciembre de 2025

EL AÑO QUE VIENE A LA MISMA HORA 2026

                                          EL AÑO QUE VIENE A LA MISMA HORA (*)

Por AFG

textosconvergentes@gmail.com



Inicia un nuevo año. Exactamente cuando den las doce campanadas intentaré comer a su compás cada una de las uvas escuchando la “Canción del Adiós” y emocionado me pensaré viajero trascendente, y una turbada lágrima sincera sola inundará mis ojos, y agridulce en la lengua dirá que soy humano.


El año que viene a la misma hora diré que espero una mejor vida, que las cosas encuentren caminos ideales. Y pensaré en mis hijos, en mi mujer, en el recuerdo de mis padres y mis hermanas y en el dolor del cuerpo al levantarme.

El año que viene a la misma hora diré que el que pasó fue un año complicado. Y pensaré en la inseguridad de los caminos, en los crímenes absurdos, en los hombres inmorales, en los estudiantes que no estudian, en los buenos que se esfuerzan, en los soñadores, en los justos.

El año que viene a la misma hora diré que no cumplí con mis promesas prometidas. Y pensaré en los cursos que no hice, en los amigos que no frecuenté, en los miedos que ganaron, en la lucha que me debo, en la gente que me sigue, en los logros que alcancé sin felonía.

El año que viene a la misma hora diré que aún tengo proyectos en carpeta. Y pensaré en todos los destinos que me esperan, en los libros que no abrí, en las propuestas que me impulsan, en la fiesta de la vida.

El año que viene a la misma hora diré que las Fiestas me incomodan. Y pensaré que reunirse por rutina es vaciar las emociones verdaderas, y que los regalos sin embargo son bonitos, que me fastidian los petardos y que me lastima la locura de aquellos que se matan justo antes de ver la luz recién nacida.

El año que viene a la misma hora creeré ingenuo en la magia del discurso. Y pensaré que todos juntos podremos derrotar la pesadilla, y crecer comunitarios, y dejar de engañarnos con palabras, y pasar a ser dueños del color de la sonrisa.

El año que viene a la misma hora diré que soy el que soy y me contengo. Y pensaré que puedo dominar mis pensamientos, y que controlo mis días y mi suerte, y que soy capaz de doblegar a los malvados y desestimar a los mediocres.

El año que viene a la misma hora beberé y comeré lo que no puedo. Y pensaré que total por una vez, y me sumaré a los rituales, y recordaré las mesas de la infancia, y a los que ya no pueden sentarse con nosotros. Y una fuerza oprimirá mi corazón, como cada año desde siempre.

El año que viene a la misma hora exclamaré “¡Feliz Año!”, y besaré a quien esté a mi lado, y chocaré mi copa, y abrazando a los que quiero pensaré que el tiempo es fugaz y que al final no valió la pena pelearse por pavadas, y olvidaré las distancias que separan.

El año que viene a la misma hora diré que lo importante es el amor y las sencillas cosas que no vemos. Y pensaré con el poeta que lo esencial es invisible a los ojos, y que hay que reírse más, y comer sano, y no fumar que mata, y no llevar el trabajo a nuestra casa y de cuando en cuando mandar al jefe a donde cuadre.

El año que viene a la misma hora seré un poco más viejo de almanaque y un poco más joven de prejuicio. Y pensaré que aprendiendo a vivir se va la vida, y qué suerte que he tenido a pesar de mis errores, y miraré alrededor sin tener porqué quejarme, y sin perder empero la costumbre. El año que viene a la misma hora pensaré que algo se termina y que algo está empezando. Imaginaré que el tiempo existe y viajaré hacia atrás y hacia delante. Resistiré al cansancio y mentiré sobre el sueño que no tengo. No sabré si irme o si quedarme. Si negar mi condición de carenciado o reafirmar mi derecho a que me miren. Repetiré lo mismo que reitera mi calidad de ser humano. El año que viene a la misma hora quizás escriba lo que escribo ahora, el año que viene…en la mera esperanza de estar vivo.

 

(*) El original de esta nota fue escrita en la ciudad de Madrid en diciembre de 2012 y en los años siguientes tuvo diferentes versiones. Esta es una de ellas.

Imagen: https://www.freepik.es/fotos-vectores-gratis/ano-nuevo-2026



viernes, 28 de noviembre de 2025

 

EL ARGONAUTA

(Diccionario de la Vida Cotidiana)

Por AFG

Presentación de la serie de cuentos y relatos


En la mitología griega, Argos o Argo (en griego Άργος, 'brillante') es el nombre de varios personajes: Argo o Argos, la nave de los Argonautas.

La nave Argo era el barco mítico en el que Jasón y los argonautas viajaron en busca del vellocino de oro. Fue construida por un artesano llamado Argos, por lo que fue nombrada en su honor, y recibió ayuda de los dioses para su creación. El Argo poseía el don de la profecía gracias a una madera del oráculo de Dodona y, tras la expedición, fue consagrada a Poseidón. 

 

“El Argo”, cuadro del pintor Lorenzo Costa, el Viejo, que representa la nave Argo, realizado entre 1500 y 1530, Museo Cívico de Padua (Italia).

 

Palabras de lo cotidiano y cotidianeidad de las palabras (*)

S

e dice que las palabras se las lleva el viento…no tanto cuando están escritas.

En la vida cotidiana usamos palabras que muchas veces no expresan exactamente lo que queremos decir. Otras veces de tanto usarlas en cualquier circunstancia y sin relación directa o estricta con su significado van perdiendo la fuerza de su sentido y terminan como algo inservible o generando un mal entendido. Se ha dicho alguna vez que “se empieza cediendo en las palabras y se termina cediendo en los hechos”.

El ser humano que somos construye un mundo subjetivo, particular, a partir de las palabras para reflejar la realidad concreta que nos rodea. Esa realidad construida a partir y por el lenguaje, que va y viene hacia y desde las cosas, nos sirve para entender el entorno en que nos movemos, pero a veces el mal uso de las palabras puede ser la señal de que estamos “pensando mal” las relaciones que tienen esas cosas entre sí y nosotros con ellas. Llamar a las cosas por su nombre es reconocerlas en su doble existencia: material y lingüística.

Vivimos en una sociedad que ha hecho un culto perverso de las palabras, quitándole el estricto sentido que tenían en el contexto de un corpus de significados.

Si bien el habla revitaliza la lengua, cuando a esta se la traiciona impostando o transponiendo contenidos bajo vocablos que no prestaron consentimiento para otros decires, se abre la puerta  que conduce a un cambalache de valores.

Lo malo se llama bueno, lo científico y la charlatanería van de la mano en un carnaval de palabras donde el lector aprendió a leer entre líneas, dándole a los dichos el exacto sentido opuesto a lo que pretenden decir.

En nuestros días los textos parecen estar escrito en clave.

Aburrido y empobrecido sería el mundo si todos viéramos las mismas cosas al mirar. Mejor dicho: las cosas que todos miramos son las mismas, reales, pero cada cual percibimos impar y pensamos distinto sobre ellas, ya que nos evocan situaciones y secuencias propias de nuestra historia singular.

La información precisa nos ayuda a entender los hechos, pero debemos primero ponernos de acuerdo en el sentido que le damos a las palabras utilizadas, lo que los técnicos llaman “el código”.

Nuevas palabras o el uso distinto de las conocidas, el despojarnos de los prejuicios que algunas conllevan entre nosotros, plantean una exigencia cognitiva y una ética consistente en saber de lo que se está hablando. Pero también abren un escenario fascinante de imaginación y creatividad despojado del corsé del discurso escolar. Y ese portal asequible es la historia de vida, de la vida cotidiana de cada quien, prohombres y villanos, tristes sombras silentes que deambulan por las calles del ensueño y truenos avasallantes, refulgentes personalidades que crecen en cada gesto

y trepan a veces a los altares del cortinado mediático.

Y las historias y relatos de nuestro diccionario pretenden seguir ese camino del mítico Argos, un camino discontinuo, a veces destemplado, otras esperanzado, las más inciertas.

Personas y personajes diferentes y similares, con historias disímiles, que remedan el viaje del Héroe, donde lo social y la existencia son una extraña pareja tributaria de un pasado que no puede ocultar su inequívoca acción disfrazado de destino. Y al final de ese viaje de dramas y comedias, regresando a la tierra conocida, hoy nos sentimos -al menos para mí- sobrevivientes del naufragio de tan polícroma aventura y, reconociendo la pasión por la escritura, allá vamos a contar los recuerdos que vienen una y otra vez desde la cubierta misma del Argos, la nave de la vida que nos viste de argonautas.

(*) El Diccionario de la Vida Cotidiana, fue el título de una columna de más de 300 publicaciones, que escribí durante varios años en el suplemento Cultura del diario La Capital, de Mar del Plata, Argentina.

                                                             

 

sábado, 19 de julio de 2025

UN HOMBRE BUENO

 Relatos de familia

                                             Pietro, un hombre bueno

                                      (Aquellos fueron los días)

Por Alberto Farías Gramegna

textosconvergentes@gmail.com


Nacido en el Piamonte, Pietro salió de Génova una fría y brumosa tarde del 6 de setiembre de 1919, dejando atrás un muelle repleto de madres y esposas empapadas en pañuelos de algodón, simples y modestos como sus vidas de mujeres dedicadas a servir a sus maridos y criar a sus hijos con la hosquedad propia del amor proletario. 

“Principessa Mafalda” se llamaba el barco. Pietro Graciano Inocencio, -que ese era su nombre completo- tenía entonces 17 años recién estrenados y un sueño de aventura americana por cumplir. Tengo sus dibujos a plumín con diseños de guardas grecorromanas, que ensayaba sobre cartulina en el estrecho rincón de su litera en el humilde camarote compartido con cinco paisanos más. Durante las mañanas pagaba por cuotas su pasaje trabajando en el torno del taller de reparaciones del barco, en las profundas catacumbas debajo de la línea de flotación.

Los preparativos del viaje a Sudamérica incluían la idea de una “Colt 38” al estilo western -que final y felizmente nunca compró-, ya que creía desembarcar en medio de polvorientas diligencias, sheriffs y “saloones”.  Al llegar a Buenos Aires, la ciudad lo defraudó por un instante cuando al mostrarle su rostro moderno de ciudad cosmopolita europea surcada por tranvías y Ford T, adoquinada a la sombra de edificios complejos de mil balcones como los que había conocido acompañando a su padre en aquella visita inolvidable a Milán. “Pobrecita la mía mamma que lloraba en el puerto”, le dijo Pietro emocionado a su tía que lo esperaba a su llegada a la ciudad.

Pero el tiempo todo lo puede y en pocos meses superó la nostalgia apañada en noches tristes de faroles mortecinos mirados por la hendija de la pieza que su tía materna le había preparado en el descampado y fangoso suburbio de Banfield. Vinieron después los primeros trabajos en talleres, los amigos y las chicas de estas tierras, como Ángela, aquella simpática “pizcueta” adolescente que flechó al “tanito” buen mozo que lucía polainas relucientes, bombín de terciopelo y cuello cerrado al corbatín. Todo un dandy. La foto con “el Broya” -camarada en las buenas y en las malas- los muestra saliendo de una función en el Colón. La ópera era una de sus pasiones y Caballería Rusticana su favorita. Por suerte en su vida no hubo un Alfio y Santuzza lo amó con el nombre de Angelita.

Los domingos Pietro tomaba el Ferrocarril del Pacífico para visitar a su novia en el suburbio de manzanas descampadas, calles de tierra y chacras familiares. Aún no sabía que ese barrio conurbano sería el escenario elegido para construir su mundo de sueños y trabajo, su amada familia, su modesto taller que mudó después en pequeña pero orgullosa fábrica de bombeadores de agua.

Lo recuerdo artesano, con su guardapolvo gris, embadurnado de grasa y enseñándoles codo a codo a los bisoños operarios los trucos del manejo de la fresa y el  torno revólver.  

                           A veces pienso que Pietro inventó el “coaching” laboral, la acción de entrenar y capacitar al trabajador. En su pequeña empresa de no más de veinte operarios, él los conocía a todos hasta en los más mínimos detalles: sus virtudes, sus defectos, sus estilos de ser y hacer, sus experiencias, sus dudas, sus debilidades y sus fortalezas. Como dije, vestido con su infaltable guardapolvo gris y su boina negra, los acompañaba siempre en el puesto de trabajo, conversando con ellos acerca de las tareas y de sus estados de ánimo, supervisando los procedimientos, estaba abierto a las sugerencias y modificaciones. Los consultaba sobre cómo solucionar un problema y los alentaba en sus aciertos. Cuando aparecía un inconveniente en algún punto del proceso productivo, él los convocaba para discutir el tema y entre todos encontrar una solución. Entrenaba competencias laborales, aunque no utilizara estos modernos términos. El tercer viernes de cada mes suspendían las tareas dos horas antes y se reunían en el fondo del galpón en torno a una mesa improvisada (incluido el contador de la empresa), con mate y facturas, para hablar de cómo andaba todo en el trabajo. De tanto en tanto alguien hablaba de su familia, de algún pedido de licencia, o de cualquier otro tema que tuviera repercusión en el grupo, y ahí mismo se evaluaba y después de escucharse la opinión de todos, Pietro lo resolvía. Era, a su manera, un líder empresarial y un “coach” al mismo tiempo, porque guiaba la estrategia de la empresa y además -tal como hace un “manager”-  entrenaba roles y personas, para mejorar el desempeño. Claro que yo no tenía ni idea de todas esas palabras que hoy usamos tan a menudo. Cuando veía un conflicto o una dificultad en el desarrollo de la tarea de algún obrero, Pietro lo convocaba a su escritorio y charlaban con franqueza. Asesoraba y motivaba delegando, pero sin abandonar su responsabilidad en la gestión. Con los nuevos era un instructor y con los viejos un delegador responsable de tareas, es decir que utilizaba intuitivamente la técnica de la conducción situacional operativa.

Por esa época mi entusiasmo y energía infantil me izaba a los techos de chapa del galpón lindero al taller de Pietro y desde allí miraba fascinado las nubes multiformes, el achatado horizonte del barrio dormido y más cerca el hermoso Buick azul eléctrico con el que Pietro me enseñó a manejar a mis trece años. 

Recuerdo también los años anteriores, aquellos días en que él me leía los “chistes” de la sexta La razón y Don Fulgencio, Apolinario Mamerto, el cimarrón Lindor Covas, Chapaleo, el dulce hogar de Dadwood, Cristóbal, Ramona, me acompañaban en mis travesuras de rodillas lastimadas. Entusiasta lo evoco, compinche alentando mi pasión por los aviones. Iniciando juntos fatigadas excursiones en sus queridas sierras cordobesas, (que quizá lo transportaran a su infancia italiana montañesa) curiosos nuestros ojos de niños desiguales creciendo en la complicidad de la aventura. 

Así lo recuerdo a Pietro, inmigrante, tolerante, compañero, a mi abuelo, “el nonno”, simplemente un hombre bueno.

(c) by AFG 2025 

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martes, 4 de marzo de 2025

EL PROYECTO...

 


Psicología y cultura en tiempos de incertidumbre

El proyecto…

por Alberto Farías Gramegna (*)

textosconvergentes@gmail.com 

“El hombre es un ser de expectativas…”- Ataulfo Relmu

“Ante la incertidumbre…el proyecto” - Xavier Salinas

“Las pequeñas oportunidades son a menudo el inicio de grandes proyectos” - Demosthenes

“¡No! Permanecer y transcurrir no es perdurar, no es existir ni honrar la vida.. hay tantas maneras de no ser,tanta conciencia sin saber ,adormecida “- Eladia Blázquez

 

I PARTE

La palabra proyecto deriva del latín "pro-iectus" y significa “lanzado hacia adelante, que avanza”. 

La psicología evolutiva (sub-especialidad que se ocupa de la maduración y el desarrollo del hombre), la antropología cultural y en general las ciencias “humanísticas” y el arte, han dado una especial importancia al tema del proyecto en la búsqueda del sentido de la vida humana. 

Más recientemente, después de la Segunda Guerra Mundial, la Psicopatología y la Psiquiatría, han enfatizado la importancia del proyecto de vida y el papel que el manejo y la planificación del tiempo propio, tienen en la salud mental y el confort emocional de las personas.

En estas breves líneas me quiero detener en analizar la relevancia del proyecto de vida en la estabilidad emocional de cualquier persona. Un proyecto implica la necesidad de planificar hechos y situaciones que aún no son reales, que existen solo en nuestras cabezas, por lo que implica un ejercicio vital propio del ser humano: la imaginación. Imaginamos como seremos en un lapso corto, mediano o largo.

Anticipamos en imágenes (raíz de la actividad imaginativa) lo que haremos, donde estaremos, como se verá nuestra forma de ser y hacer en un espacio tiempo virtual, que solo es prerrogativa humana: la idea de futuro. 

Suponemos que el resto de las especies animales vive en una suerte de “presente continuo” existencial. 

Esto no niega desde luego, que ciertos animales superiores no solo aprendan a anticipar sino que asocien rutinas que les otorga una suerte de “expectativa del devenir temporal”: el perro espera la llegada del amo, pero difícilmente “piense” en su futuro como perro-abuelo, ni se preocupe por la suerte de los cachorros de sus descendientes en segunda y tercera generación.

Semejante aventura del pensamiento que genera entusiasmo, energía o ansiedad y estrés, es el precio de ser seres de cultura, organismos capaces de construir una realidad social de la que no podemos escapar (y por suerte no queremos) sino en la excepción de la finitud de la existencia o la locura. 

Tiempo y existencia: el proyecto de vida 

El proyecto humano por antonomasia es un proyecto de vida. Sin él somos un barco navegando al garete en medio de una tormenta sin nombre. Y en sentido amplio, (tal vez también en sentido estricto) un proyecto de vida se liga fuertemente con un proyecto de trabajo, es decir, del ser como hacer productivo. Nos modificamos y delineamos gran parte de nuestra identidad por nuestro hacer cotidiano.

Somos finalmente lo que hacemos, pero también y ante todo lo que imaginamos hacer. Y el hacer laboral (de lo que nos ocupamos en gran parte de nuestras vidas para interactuar productivamente con la sociedad en que vivimos) nos define ante la mirada de los otros y ante nuestra misma mirada: decimos “soy pintor”, “soy fotógrafo”, “soy comerciante”, “soy deportista”, etc.

Nos definimos en nuestra identidad esencial por nuestra identidad profesional-laboral. Al fin y al cabo, a tal punto un proyecto de vida se liga con lo laboral, que se dice de alguien que “Se gana la vida” trabajando de esto o aquello. ¿Es factible entonces pensar que sin proyecto laboral más o menos articulado funcionalmente con un proyecto de vida general, (cualquiera sea este en los valores y estilos que proponga), en lugar de ganar perdemos en calidad y cantidad de oportunidades? 

Proyecto y motivación 

El hombre es un ser de tiempo percibido. El tiempo lo atraviesa y lo ubica en una escena siempre por venir. Trabajamos no para lo que somos sino para lo que seremos, siempre persiguiendo un cambio, un “porvenir”. Es la zanahoria de la vida. Lo que le da sentido al sinsentido del Cosmos. No es tanto lo que estoy haciendo sino adónde llegaré con lo que hago. La ausencia de proyecto de vida (y los tiempos posmodernos ayudan a difundir la dudosa filosofía del “vive solo el momento”, donde la objeción por mi parte radica en el “solo”) implica la vivencia difusa de un “aquí y ahora perpetuo”, un presente inmóvil y reiterado que no posibilita direccionar nuestras energías. Surge así una suerte de derroche de gestos cotidianos sin acopio de logros, sin crecimiento acumulativo, ya que cualquier norte da lo mismo. Proyecto -como ya se dijo-es lanzarse, estar en movimiento hacia un objetivo (la “estrategia” del proyecto) que tiene escalones o hitos en el camino, estaciones de llegada y partida (metas). El camino del proyecto puede ser más o menos complicado, por eso los pasos de cada etapa pueden ser pensadas como las “tácticas” que utilizamos en un todo de acuerdo con la estrategia. 

La motivación o el presente continuo

La ausencia de proyecto es la detención del movimiento y por eso mismo la falta de motivación. Esta palabra deriva del latín “movere”, movimiento. Estar motivado es estar en movimiento hacia un objetivo, cumpliendo metas.

Así necesariamente tener un “proyecto de vida” es estar motivado. Los proyectos de vida tienen, de suyo, varias etapas: corto, mediano y largo plazo. De atrás para adelante: obtener un título o radicarse en tal lugar para ejercer tal o cual actividad es el largo plazo. No se hace de la noche a la mañana. Poder aprobar materias de una carrera o iniciar un viaje de exploración para evaluar posibilidades laborales o relacionarse, es el mediano plazo.

Inscribirse en una beca, un curso preparatorio, o juntar dinero y hacer trámites para realizar aquel viaje, es el corto plazo. Por eso un proyecto de vida implica ordenar prioridades. Ningún esfuerzo rinde si no se diferencia lo urgente de lo importante y no se sabe aún adonde se quiere llegar. Pero al mismo tiempo un proyecto puede mudar en contenido a lo largo de su desarrollo: alguien puede darse cuenta que no era eso lo que buscaba, que hay algo recién llegado que impacta en su deseo de ser, que activa lo que parece ser su íntima “vocación” (esta palabra vulgarmente tan mal usada, deriva de “vocare”, y quiere decir “llamada”), o bien lo que se inició como algo rutinario y poco interesante, por mera necesidad, después puede transformarse en una actividad que despierta en nosotros una creatividad dormida, un interés insospechado, una nueva identidad profesional-laboral.

Entonces el proyecto no es algo necesariamente inmutable y “para toda la vida”. Lo que importa es tener siempre uno a mano para echarlo a andar. 

 

II PARTE


Proyecto de vida e identidad personal

Es una tendencia general que las personas busquen los mejores resultados con el mínimo posible de gasto energético, de ahí que el acto de postergar una satisfacción cuando el momento no es oportuno para su seguridad, fortalece la voluntad de logro real del sujeto. Y es la imaginación anticipatoria (un sueño posible) la que instala la internalización del “tiempo subjetivo”, es decir el manejo interno del tiempo. Un proyecto personal se despliega en una doble vía, a través del tiempo objetivo y del tiempo subjetivo y se sostiene desde una identidad que se fortalece con ese mismo proyecto. Así, la identidad personal es motor y receptor de un proyecto de vida en general y de un proyecto laboral en particular. Pero la identidad (saber quien soy como persona y que quiero llegar a ser como personaje social) es una dimensión compleja y agónica,con idas y vueltas que se construye muy lentamente desde el principio de la vida y a lo largo de muchos años posteriores. Además son muchas las variables que intervienen en su configuración, siendo las crisis madurativo-evolutivas, la influencia familiar y las modas sociales, las tres principales. Por su parte la mayoría de los adolescentes y jóvenes normales viven inevitablemente una paradoja: sus sueños idealistas los proyectan a un futuro atemporal, sin límites, “todo es posible más adelante”, pero al mismo tiempo su natural omnipotencia etárea los hace ser intensamente “presentistas”,donde el presente por momentos aparece como la totalidad del tiempo universal, todo el tiempo es el presente hasta que llegue el futuro de la Utopía. Aquí el proyecto puede lentificarse o ponerse a reposar porque total “tengo toda una vida por delante” para cumplirlo. 

Aprendiendo a vivir se va la vida 

Un proyecto de vida se despliega viviendo, pero viviendo con un pie en la tierra y el otro en el escalón siguiente de la escalera que me lleva a mi objetivo. La dimensión de la escalera no la conozco con exactitud. Incluso puedo descender tácticamente un escalón para luego ascender dos. Lo que importa es que esté en movimiento subiéndola. Esto nada tiene que ver con la idea marquetinera de “éxito” social, sino más bien con alcanzar el logro de lo que cada uno vive como “autorealización”, es decir estar bien con uno mismo y con la imagen propia que he construido y colocado en algún lugar de mi proyecto personal. Este punto ético y filosófico es tributario de una idea muy importante que se relaciona con las actitudes que tenemos para con nosotros y las cosas: la idea de autoeficacia. El camino de nuestro proyecto de vida no está hecho de antemano, su transitabilidad no está definida ni para bien ni para mal, lo vamos conformando nosotros al transitarlo. Y las características de esa senda, su diseño también depende de nuestras propias ambiciones y autoexigencias. 

Causas y efectos

Nuestra mirada e imaginación de cómo será nuestras acciones condicionaran los resultados. La autoeficacia nos dice que no es tan importante lo que creemos tener al partir sino más bien como lo usamos. También en este sentido debe advertirse lo negativo de ciertos determinismos retrospectivos que buscan las causas de las dificultades en el pasado, o en los errores ya cometidos, como si fueran determinantes inmodificables de lo que va a suceder. Nada de eso es condicionante si nosotros no lo permitimos. El maestro del existencialismo moderno Jean Paul Sartre, edificó su sistema filosófico sobre el lema “Siempre podrás elegir algo nuevo sobre lo que ya otros han elegido antes por vos”. ¿Hasta dónde queremos llegar hoy?, Bill Gates, dixit. En resumen, el proyecto de vida es el motor y la gasolina para nuestra motivación vital, el gran dador de sentido y organizador social y emocional de las personas. Sin proyecto el tiempo se detiene y el fluir de la vida se degrada en una temida constante: la huida de la ilusión. 

Tiempo de decisión

Pero a esta altura del escrito, se me puede preguntar: Si uno aun no tiene claro un proyecto de vida conformado por una vocación neta… ¿Qué conviene hacer? ¿Esperar a que se aclare solo? No, claro que no. Una metáfora puede ser útil: Un campamentista desorientado en las serranías nevadas y sin estar muy seguro de cuál es el sendero más convincente que lo devuelva al poblado, sabe que no puede quedarse inmóvil porque se congelará. Después de descartar aquellas opciones menos accesibles y temerarias, tomará el camino que más se acerque a su intuición y sentido común, avanzando por ensayo y error, hasta que se acerque al territorio que finalmente le resultará familiar y confortable. 

No se trata de hacer planes de larguísimo alcance sino se tienen todos los datos asegurados, sino de optar por el corto plazo en función de una dirección inicial que se habrá elegido por descarte de las demás, y ver una vez caminando como se van acomodando las demandas y las ofertas que la interacción entre mi voluntad predispuesta y las condiciones disponibles del entorno (junto con una pizca de azar), lo que me llevará a la siguiente meta redefinida en el mediano plazo. Y reitero no olvidemos el efecto notable de la autoeficacia. Finalmente querido lector, si llegaste con tu paciencia hasta aquí, te sugiero que vuelvas a leer este texto, ya que leer sobre lo leído nos da una segunda comprensión que amplía nuestro pensar. Pero antes habré de premiarte con unas líneas del gran poeta republicano español Antonio Machado: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace camino, y al volver la vista atrás se ha de ver la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino, solo estelas en la mar”. 

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(*) Psicólogo Universidad de Buenos Aires, Argentina. Docente Universidad de Mar del Plata, Argentina.

Profesor invitado en la Universidad de Murcia, España. Consultor en RRHH y Psicología del Trabajo y Organizacional.

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