La
personalidad dogmática y el pensamiento totalizante
(sociedad,
sujeto y comportamiento)
AUTOR: Alberto Farías
Gramegna
Universidad de Mar del Plata - Argentina
Sumario:
¿Surge el pensamiento dogmático de una personalidad determinada, o es la personalidad la que lo «adopta» porque cumple una función en la forma en que el individuo interactúa con el mundo? No debemos buscar aquí la disyuntiva típica de las dicotomías; más bien, parece más apropiada una conjunción. La personalidad no es algo dado desde el inicio mismo de la vida; como se ha señalado, es una construcción lenta y dialéctica en la que intervienen la biología, el entorno y la cultura. Por tanto, son las «formas» y los «modos» —fuertemente influidos por la emocionalidad (un factor al que, en mi opinión, aún no se le otorga la importancia que merece)— los que consolidan las «creencias» que posteriormente se expresarán de manera dogmática.
Palabras claves: personalidad - dogma - pensamiento -creencia -totalizante
Summary
Does dogmatic thinking arise within a particular personality, or does the personality “adopt” it because it serves a function in how the individual interacts with the world? We should not look here for the disjunction typical of dichotomies; rather, a conjunction seems more appropriate. Personality is not something given at the very start of life; as has been noted, it is a slow, dialectical construction involving biology, environment, and culture. Therefore, it is the “forms” and “modes”—strongly influenced by emotionality (a factor that, in my opinion, is not yet accorded the importance it deserves)—that consolidate the “beliefs” which will subsequently be expressed in a dogmatic manner.
Keywords: personality -
dogma - thought - belief - totalizing
“Timeo hominem unius libri” - (Temo al hombre de un solo libro, Tomás de
Aquino)
“La verdad es lo que es y sigue siendo verdad, aunque se piense al revés”
- Antonio Machado
Siempre
he creído en la importancia ética de la advertencia: “Se empieza cediendo en las palabras y se termina cediendo en los hechos”.
Por eso siguiendo mi “naturaleza” analítica voy a definir brevemente los
términos que titulan este artículo.
La
personalidad es un concepto complejo siempre mal usado por el habla cotidiana y
sobre el que ni siquiera los especialistas se han puesto aún totalmente de
acuerdo. Se podría esquematizar intuitiva y vulgarmente diciendo que “es la
descripción más o menos objetiva que hace alguien sobre la manera (medios y
fines) en que la otra persona se comunica en cuerpo y mente, consciente o no y
en tiempo real, con su entorno inmediato”. Claro que aquí para descartar el
factor subjetivo del observador ocasional debemos referirnos a una descripción
“tipo”, es decir cuando muchas personas coinciden sobre las características de
otra. Esto a veces se expresa en los dichos populares: “Fulano es muy
divertido”, “Mengano es un tipo demandante”, etc. Son resúmenes de uno o más
rasgos pregnantes de la personalidad de cada quien.
Ese
perfil observado “desde afuera” es producto de una lenta y dialéctica
construcción evolutiva, cuyos materiales provienen de un triple origen: la
biología heredo-congénita, lo socio-familiar y lo cultural-antropológico. La
primera aporta los genes (lo individual temperamental), la segunda la modalidad
de adaptación (las creencias y los valores) y la tercera las formas
gregario-comunitarias (la tipicidad caracterológica del grupo). De esta mezcla
resultarán tendencias de acción en el vínculo con los otros y con las cosas, y
su dinámica se entenderá en contraste con la situación en la que se despliega.
Por su parte
el concepto de “dogmático” es más sencillo de explicar: proviene de la creencia
en que todo se explica desde un solo lugar de interpretación: el dogma. Este es
la manera general discursiva de intentar acomodar la realidad a mi idea sobre
esa realidad: la “realidad subjetivada” (percibida) y que se expresa luego de
sufrir un proceso de interpretación por el tamiz del dogma, en “realidad
subjetiva”, es decir dogmática.
Pienso, luego soy
La célebre
expresión cartesiana “ego cogito ergo sun”
(pienso, luego soy) tenía por objeto romper la lógica medieval donde imperaba
la certeza del poder de la tradición. Y esto en el marco histórico del
advenimiento de la razón de la mano de la pujante burguesía, necesaria
impulsora de la racionalidad progresista, Descartes proponía una idea
revulsiva: de todo era posible dudar, menos del propio pensamiento que dudaba.
Lo real, lo seguro era ahora el sujeto pensante y racional por oposición al
paradigma de la sociedad medieval, expresión del orden feudal vinculado a la
tierra y al dogma religioso, donde no se concebía al individuo como tal, hombre
libre para pensar y pensarse a sí mismo como centro del Universo.
La mirada
relativista de Descartes abrió las puertas al pensamiento moderno, aunque el
mismo no pudo trascender a su fe, ya que no cuestionaba la existencia de la
voluntad divina, de la que en todo caso provenía su capacidad de dudar y
pensarse a sí mismo.
A su manera retomaba difusa e implícitamente el mito original del libre albedrío humano sujeto a la mirada trascendente del Creador. Pero no era entonces una señal para reafirmar el dogma del poder religioso terrenal, sino para reemplazarlo por un método que abrió el camino para la lógica racional moderna, lógica con las que suelen entrar en colisión las personalidades dogmáticas.
El huevo y la gallina
¿El
pensamiento dogmático surge en una determinada personalidad o esta “lo adopta”
porque le es funcional a su manera de interactuar con el mundo? No debemos aquí
buscar la disyunción propia de las dicotomías. Más bien es la conjunción la que
parece adecuada. La personalidad no está dada desde el inicio de la vida. Es
una lenta construcción dialéctica entre biología, ambiente y cultura, como se
ha dicho. Por lo tanto, serán las “formas” y los “modos”, fuertemente influidos
por la emocionalidad (factor a que -en mi opinión- no se le presta aún la
importancia que tiene), las que consolidan las “creencias” que luego habrán de
expresarse dogmáticamente.
El
discurso dogmático elaborado (ideologías religiosas, políticas, sociales,
místicas, etc.) es una etapa posterior, en la que el sujeto adecua
funcionalmente su personalidad a un “justificativo” existencial: “soy, pienso y
actúo así, porque profeso la fe en tal o cual doctrina que me conforta
certificando la verdad en la que creo sin necesidad de verificación alguna”.
Las
personalidades dogmáticas tienen poca o ninguna capacidad para adaptarse
plásticamente a los cambios: son “reaccionarias” por naturaleza, prejuiciosas y
rígidas en sus asertos.
A la manera del mítico Procusto pretenden recortar los comportamientos para hacerlos entrar en sus lechos doctrinales. A la larga el dogmático suele ser susceptible a la tentación de sumarse a colectivos imaginarios que predican fundamentos irreductibles de sesgo mesiánico sobre “cómo deben ser las cosas”, más allá de los deseos y las necesidades humanas. Es una pelea necia contra la espontaneidad natural del hombre, al que ve como “imperfecto” y busca la manera de recrearlo como un “hombre nuevo”. Así, luego ceden a propuestas insensatas, en nombre de supuestos ideales altruistas que ocultan convenientemente sus propias inseguridades psicológicas y necesidades compulsivas de control. Fruto de insomnios fantasmales mudados al amanecer en desmesuradas vigilias autoritarias, aquellas propuestas, -como la Historia lo confirma- suelen terminar en siniestras noches de lamentables pesadillas sociales. Una y otra vez…y otra más.
El pensamiento “totalizante”
A
partir de las ideas de George H.Mead, Herbert Blumer, Erwin Goffman y sucesores
como Ellsworth Faris y Mandford Kuhn , entre otros, fueron los desarrolladores
históricos de lo que en Psicología Social se conoce como “Interaccionismo
Simbólico”, que en su núcleo conceptual duro afirma que las personas no
responden mecánicamente al estímulo, sino a la interpretación simbólica que se
hace de ese estímulo objetivo: así el reto de un tutor podría ser tomado por un
alumno como una falta de consideración y por otro como un gesto de interés por
su educación. Con diversos aportes no siempre coincidentes, estos
investigadores convinieron en la importancia de los roles sociales, la subjetividad
interpretativa de la realidad y el condicionamiento social de la conducta
humana desplegada en los escenarios cotidianos.
Kuhn,
por su parte, enfatizo la idea de que la personalidad es simplemente la
combinación de todos los papeles interiorizados por el individuo durante el
curso de la socialización. (Hay que agregar hoy la importancia de los factores
bio-heredables que interactuarán con el medio ambiente)
Entonces
la interacción está en función tanto del individuo como de la situación, la que
se interpretará singularmente con arreglo a lo que este autor llama el “sí
mismo” de cada uno.
En los últimos diez años de trabajo en el ámbito de las organizaciones y los RRHH, influido por estas ideas, he sostenido la importancia de tener en cuenta la transacción entre las necesidades de la persona y los requerimientos del personaje socio laboral, articulados por el estilo de personalidad y condicionada por la situación contingente. También que las representaciones que tenemos de las cosas y los procesos se asientan sobre creencias, pacientemente construidas a lo largo de la socialización individual.
Un mundo sin ventanas
En ese mismo
dialéctico transcurso de socialización, las personas penamos y disfrutamos
construyendo nuestra identidad a partir de aceptar y oponernos a la percepción
y el discurso del otro. Una condición para lograr un equilibrio saludable en la
percepción y el juicio sobre la realidad es la aceptación de un fenómeno
psicológico clave en el proceso del razonamiento por sobre la emoción: la duda.
La duda (cuando es moderada y no el emergente obsesivo de una neurosis) nos
aleja del comportamiento egocéntrico (centrado en sí mismo) y paranoide
(persecutorio de seudo amenazas imaginarias).
Por el
contrario, las ideologías fundamentalistas suelen alentar estos últimos
comportamientos impactando en personalidades de sujetos predispuestos a buscar
su identidad en certezas omnipresentes. Estas personas no soportan la duda y la
ansiedad de la incertidumbre al que todo juicio humano de valor está sujeto. La
representación de relatividad de las ideas y la presunta evidencia de que las
verdades se co-instituyen a partir de la mirada valorativa del que intenta
establecerlas, resulta intolerable para el creyente de un discurso total y
único.
Si la
“realidad” no es sinónimo de verdad única -lo que no implica la pretensión
idealista de negar la objetividad del hecho material como tal, sino su
interpretación unívoca, como señala Machado-
entonces se sigue que no hay relato que legitime un discurso “más
verdadero y universal que otro”.
Sin embargo,
existe un tipo de pensamiento que genera un discurso que propongo llamar
“totalizante” o “totalizador”.
Goffman, precisamente trabajó con el concepto de “Institución Total” (IT), definiéndolo como aquellos lugares (reales o virtuales) en los que un sujeto “internado” permanentemente realizaba todas sus tareas vitales sin salir de ellas nunca, padeciendo así una distorsión del espacio-tiempo por efecto de la continuidad perceptual sin variantes ni diversidad de escenarios. Se ha demostrado que las IT fuerzan la alienación del sujeto internado.
Creo, luego afirmo, después actúo.
Al sujeto
que sostiene un discurso producto de un pensar totalizante no le agrada la
diversidad, lo inquietan las diferencias y por eso siempre tiende a pensar
uniformidades. Desearía unanimidad total (y totalitaria) de sus creencias. El
“totalizador” es ante todo un discurso ideológico en sentido estricto, de
núcleo duro, que no admite las dispersiones y pretende abarcar todos los
aspectos de la vida. Está “internado” en su propio relato.
Por eso nada
escapa a su crítica y control. La vida privada -último refugio que resiste la
persecución doctrinal de los totalitarismos-
se transforma en una amenaza para el pensamiento totalizador. Creer (sin
dudar en el dogma), Obedecer (a quienes encarnan la palabra del dogma) y
Combatir (a los descarriados que al pensar diferente se convierten en
enemigos): Este ha sido históricamente el tríptico doctrinal de los fascismos
(una manera de pensar al sujeto como objeto fusionado corporativamente a la
sociedad y ésta diluida en el Estado) de cualquier signo ideológico. Dos
películas extraordinarias entre tantos ejemplos del cine histórico, nos lo
muestra con claridad didáctica: “La vida
de los otros” (el escenario de la ex-Alemania comunista) y “Los chicos swing” (los primeros años de
la Alemania nazi).
Al ser
total, este tipo de pensamiento lo contamina todo: el amor, la política, las
compras, la amistad, la tecnología, la familia, etc. todo será atravesado por
lo que es “políticamente correcto” asimilado al dogma totalizador. El mundo de
las ideologías es para esta lógica el único posible, nada escapa a estas y la
propia, claro está, es la “correcta”. En otras oportunidades hemos dicho que el
“ideologismo” es la creencia que no hay nada fuera de la ideología. No es
difícil demostrar en la vida cotidiana la debilidad de este aserto.
Sin embargo, al pensamiento totalizante no se le ocurre como las cosas podrían ser de otra manera. Quizá el pez no imagine (si tal cosa pudiera hacer) que existe un mundo más allá del agua, salvo cuando es pescado, pero en ese caso -parafraseando libremente el final del célebre poema “Y por mi vinieron…” de Martín Niemöller- ya resultaría demasiado tarde para poder disfrutarlo.
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by AFG
Referencias bibliográficas
Blumer,
H (1982) “El interaccionismo simbólico” Hora S.A. Barcelona
Descartes,
R (2019) “Meditaciones Metafísicas”, Alba, Madrid
Farías
Gramegna, (2023) “La tribu y yo” R&S
Edic. Mula
Goffman,
E (2001) “Internados”, Amorrortu,
Buenos Aires
Kuhn,
M (1954); McPartland, T S “An Empirical
Investigation of Sel-Attitudes” ASR
Mead,
GH (1972) Espíritu, persona y sociedad, Paidós, Buenos Aires.











