martes, 8 de septiembre de 2026

La personalidad en el trabajo


La personalidad en el trabajo

(“Persona”, “Personaje” y la dialéctica identitaria entre el ser y el hacer)

por Alberto Farías Gramegna (*)

textosconvergentes@gmail.com

La personalidad es un concepto complejo siempre mal usado por el habla cotidiana y sobre el que ni siquiera los especialistas se han puesto aún totalmente de acuerdo. Se podría esquematizar intuitiva y vulgarmente diciendo que “es la descripción más o menos objetiva que hace alguien sobre la manera (medios y fines) en que la otra persona se comunica en cuerpo y mente, consciente o no y en tiempo real, con su entorno inmediato”. Claro que aquí para descartar el factor subjetivo del observador ocasional debemos referirnos a una descripción “tipo”, es decir cuando muchas personas coinciden sobre las características de otra. Esto a veces se expresa en los dichos populares: “Fulano es muy divertido”, “Mengano es un tipo demandante”, etc. Son resúmenes de uno o más rasgos pregnantes de la personalidad de cada quien.

Ese perfil observado “desde afuera” es producto de una lenta y dialéctica construcción evolutiva, cuyos materiales provienen de un triple origen: la biología heredo-congénita, lo socio-familiar y lo cultural-antropológico. La primera aporta los genes (lo individual temperamental), la segunda la modalidad de adaptación (las creencias y los valores) y la tercera las formas gregario-comunitarias (la tipicidad caracterológica del grupo). De esta mezcla resultarán tendencias de acción en el vínculo con los otros y con las cosas, y su dinámica se entenderá en contraste con la situación en la que se despliega.

La personalidad dogmática: la dialéctica entre “persona” y “personaje”

El concepto de “dogmático” es más sencillo de explicar: proviene de la creencia en que todo se explica desde un solo lugar de interpretación: el dogma. Este es la manera general discursiva de intentar acomodar la realidad a mi idea sobre esa realidad: la “realidad subjetivada” (percibida) y que se expresa luego de sufrir un proceso de interpretación por el tamiz del dogma, en “realidad subjetiva”, es decir dogmática: “Aquí las cosas siempre se hicieron así. Y no veo la necesidad de cambiarlas…” ¿El pensamiento dogmático surge en una determinada personalidad o esta “lo adopta” porque le es funcional a su manera de interactuar con el mundo? No debemos aquí buscar la disyunción propia de las dicotomías. Más bien es la conjunción la que parece adecuada. La interacción está en función tanto del individuo como de la situación, la que se interpretará singularmente con arreglo al “sí mismo” de cada uno.

La personalidad no está dada desde el inicio de la vida. Es una lenta construcción dialéctica entre biología, ambiente y cultura, como se ha dicho. Por lo tanto, serán las “formas” y los “modos”, fuertemente influidos por la emocionalidad (factor a que -en mi opinión- no se le presta aún la importancia que tiene), las que consolidan las “creencias” que luego habrán de expresarse dogmáticamente. La persona en interacción con su medio ambiente social construye su personaje, en sus diferentes roles: laborales, profesionales, sociales, etc. y recíprocamente el “personaje” remodela la identidad del ser de la “persona” y en caso de la adopción de una “ideología”, -que es un sistema de interpretación de la realidad coherente y omniabarcativo-, esa identidad se potenciara de manera sesgada.

Por otra parte, en el caso de existir un discurso dogmático elaborado que llamamos “totalizante” (ideologías diversas, sean laborales, sociales, políticas, místicas, etc.) resultara de una etapa posterior, en la que el sujeto adecua funcionalmente su personalidad a un “justificativo” existencial: “soy, pienso y actúo así, porque profeso la fe en tal o cual doctrina que me conforta certificando la verdad en la que creo sin necesidad de verificación alguna”.

La personalidad en el trabajo

Las personalidades dogmáticas tienen poca o ninguna capacidad para adaptarse plásticamente a los cambios, más allá de sus cualidades intrínsecas. Son “reaccionarias” ante los cambios o ideas diferentes a sus creencias, prejuiciosas y rígidas en sus asertos. A la manera del mítico Procusto pretenden recortar los comportamientos para hacerlos entrar en sus lechos doctrinales, sin evaluar los pro o contras y contrastar con otras ideas complementarias. Lo he visto en los últimos diez años de mi trabajo en el ámbito de las organizaciones y los RRHH. A partir de los talleres de capacitación laboral y discusión de las estrategias y tácticas de trabajo en equipo, he sostenido -y lo explico en detalle en uno de mis libros (1)- la importancia de tener en cuenta la transacción entre las necesidades de la persona y los requerimientos del personaje socio laboral, articulados por el “estilo de personalidad” y condicionada por los objetivos laborales y situación contingente. También que las representaciones que tenemos de las cosas y los procesos se asientan predominantemente sobre creencias, pacientemente construidas a lo largo de la socialización individual. Pienso luego soy, luego hago.

No hay una sola manera de hacer las cosas, por eso es importante la idea de “la persona justa en el puesto justo”, es decir el trabajador en el rol que mejor coincide con sus habilidades, talentos y capacidades. El ser condiciona muchas comprometiendo el hacer, pero también dialécticamente el hacer puede reformar en parte al ser: porque el ser no nace, se hace.

 

(*) Psicólogo institucional. Consultor organizacional en RRHH y Psicología del Trabajo

(1) “Ser en el hacer” (2024) R&S Ediciones, España.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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