La mujer de la vereda (*)
(Una esquina muy especial)
por Alberto Farías Gramegna
Doblé en la esquina, justo llegando a la Avenida. Distraído por mis pensamientos pesimistas respecto a la posibilidad de ser llamado por la empresa en donde días atrás había dejado mi currículo laboral. Mi edad seguramente jugaba en contra de esa posibilidad. No les importaría mi experiencia -pensaba- porque buscarían gente joven para entrenarlos en la línea de su estilo e intereses corporativos. He trabajado durante cuarenta años en la instalación de redes eléctricas y motores para sistemas de calefacción y refrigeración. La empresa en donde trabajé en los últimos quince años cerró por quiebra. Mis pensamientos obsesivos me atosigaban.
La mujer se instalaba en la vereda junto a una pequeña mesita, sobre la que instalaba los productos que vendía: encendedores, pañuelos descartables, lapiceras, pastillas, lentes de sol, gorras y otras cosas que ahora no recuerdo.
Su puesto estaba a pocos metros del semáforo, por lo que su actividad incluía ofrecer los productos a los conductores momentáneamente detenidos por la luz roja. Era imposible no empatizar con su simpatía y energía positiva al momento de ofrecer sus productos, siempre sonriente y entonando una melodía al compás de la música que escuchaba desde una pequeña radio portátil a pilas, que llevaba colgada de su cuello. Saluda a todos lo que pasaban a su lado. Traté de imaginar su edad. Tal vez cincuenta o un poco más… ¿Cuál sería su historia familiar?¿Viviría sola...? Su energía positiva y “buena onda” chocaba con mis pensamientos cuasi depresivos.
Si ella era capaz de tanta determinación positiva en un contexto social y material difícil y exiguo, no era justificable entonces -pensé- que me quejara por la incertidumbre que afectaba mis expectativas de trabajo. Su voluntad y actitud ante la vida me daba un ejemplo de cómo enfrentar los momentos críticos de la vida. Seguí caminando y recordé entonces los versos de Almafuerte…”No te des por vencido ni aún vencido, no te sientas esclavo ni aún esclavo y has como el enmohecido clavo que aún viejo y ruin vuelve a ser clavo”. Entonces, casi sin proponérmelo, me detuve y regresé hasta donde estaba ella. Cuando me vio me recibió sonriendo como siempre. Me acerqué y señalando a la mesita dije “Hola, vengo a comprarte algo…”
¿”Qué necesitas...?” -dijo enseguida.
“Un encendedor y unos pañuelos” -dije mientras sacaba la billetera del bolsillo.
Siempre pensé en dejar de fumar, pero ese no era precisamente el momento de hacerlo. Me despidió con un “Muchas gracias” y con la sonrisa de siempre.
Los pañuelos fueron necesarios para secar mis lágrimas, pero de eso ella no se enteró porque ya me había ido de esa esquina tan especial.
(*) Este relato integra el libro “Relatos de familia” de próxima edición en España.
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