miércoles, 6 de mayo de 2026

LA MUJER DE LA VEREDA (DEL LIBRO "RELATOS DE FAMILIA")

 La mujer de la vereda (*)

(Una esquina muy especial)

por Alberto Farías Gramegna 

Doblé en la esquina, justo llegando a la Avenida. Distraído por mis pensamientos pesimistas respecto a la posibilidad de ser llamado por la empresa en donde días atrás había dejado mi currículo laboral. Mi edad seguramente jugaba en contra de esa posibilidad. No les importaría mi experiencia -pensaba- porque buscarían gente joven para entrenarlos en la línea de su estilo e intereses corporativos. He trabajado durante cuarenta años en la instalación de redes eléctricas y motores para sistemas de calefacción y refrigeración. La empresa en donde trabajé en los últimos quince años cerró por quiebra. Mis pensamientos obsesivos me atosigaban.

Caminé varios metros mirando el piso, como un autómata abstraído por mis preocupaciones, casi sin darme cuenta de nada de lo acontecía a mi alrededor. Al llegar a la esquina levanté la cabeza y ahí estaba ella, la mujer de la vereda. La conocía desde que semanas atrás cambié mi recorrido cuando me transformé en un desocupado.

 La mujer se instalaba en la vereda junto a una pequeña mesita, sobre la que instalaba los productos que vendía: encendedores, pañuelos descartables, lapiceras, pastillas, lentes de sol, gorras y otras cosas que ahora no recuerdo.

Su puesto estaba a pocos metros del semáforo, por lo que su actividad incluía ofrecer los productos a los conductores momentáneamente detenidos por la luz roja. Era imposible no empatizar con su simpatía y energía positiva al momento de ofrecer sus productos, siempre sonriente y entonando una melodía al compás de la música que escuchaba desde una pequeña radio portátil a pilas, que llevaba colgada de su cuello. Saluda a todos lo que pasaban a su lado. Traté de imaginar su edad. Tal vez cincuenta o un poco más… ¿Cuál sería su historia familiar?¿Viviría sola...? Su energía positiva y “buena onda” chocaba con mis pensamientos cuasi depresivos.

Si ella era capaz de tanta determinación positiva en un contexto social y material difícil y exiguo, no era justificable entonces -pensé- que me quejara por la incertidumbre que afectaba mis expectativas de trabajo. Su voluntad y actitud ante la vida me daba un ejemplo de cómo enfrentar los momentos críticos de la vida. Seguí caminando y recordé entonces los versos  de Almafuerte…”No te des por vencido ni aún vencido, no te sientas esclavo ni aún esclavo y has como el enmohecido clavo que aún viejo y ruin vuelve a ser clavo”. Entonces, casi sin proponérmelo, me detuve y regresé hasta donde estaba ella. Cuando me vio me recibió sonriendo como siempre. Me acerqué y señalando a la mesita dije “Hola, vengo a comprarte algo…”  

¿”Qué necesitas...?” -dijo enseguida. 

“Un encendedor y unos pañuelos” -dije mientras sacaba la billetera del bolsillo.

Siempre pensé en dejar de fumar, pero ese no era precisamente el momento de hacerlo. Me despidió con un “Muchas gracias” y con la sonrisa de siempre.

Los pañuelos fueron necesarios para secar mis lágrimas, pero de eso ella no se enteró porque ya me había ido de esa esquina tan especial.


(*) Este relato integra el libro “Relatos de familia” de próxima edición en España.

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